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Me siento muy afortunada por haberme criado en este valle de Valsaín, para mí es único estar en pleno contacto con la Naturaleza, respirar paz, tranquilidad y libertad imposibles de pagar con dinero.
Vivíamos en una continua aventura entre las tollas, el “Huevo” (un bunquer situado por encima de la Fuente del Castillo), las cuestas… Todos nuestros juguetes eran piedras, palos, plantas: los juguetes más didácticos que podían existir y que mejor ayudaban a desarrollar nuestra imaginación. Era imposible ser más feliz.
A menudo me preguntaban: “¿Y tú, de quién eres?”. Yo contestaba: “- Nieta de Eugenia del Pozo”. “- ¡Anda claro, de Angelines!”.
Era todo muy familiar, no había peligros, ni tan siquiera la carretera general; nosotros paseábamos por ella y hacíamos guerras de piñas en mitad de una curva. Todo desbordaba vida y una riqueza de vivencias difícil de igualar.
Es cierto que estudiábamos en Madrid, pero, en cuanto no teníamos clase, no había fuerza que nos impidiera llegar a Valsaín. Más de una vez he subido el puerto sentada en el “morro” del Renault 12 para que agarrase bien en la nieve. A mi padre ahora le hubieran quitado de golpe los doce puntos del carnet.
Ya de más mayores, y si mis padres no estaban, no nos merecía la pena encender la calefacción, pues sólo íbamos a casa a dormir. Y recuerdo haber dormido con el plumas dentro de la cama y todas las mantas que encontrábamos por la casa encima. Los chupetes de hielo colgaban de las cortinas; me levantaba aplastada como un dibujo animado.
Ir a la “Pipera”, a la carnicería de la señora Adoración, lo convertíamos en una excursión excitante. Voy a enumerar algún recuerdo más y no insisto, para no ser “pesadita”.
Ver pasar a los bueyes camino del Plantío, mirar a los más mayores, porrón en mano, intentando decir frases; las meriendas en la Piedra del Zapatero; el miedo que teníamos a los perros del Guarda Mayor, León y Leona, cuando pasábamos cerca de los huertos y salían detrás de nosotros; el día que até unos saltamontes con hilos a unas hierbas como si fueran caballos, me fui a comer y no os cuento qué me encontré al volver, etc.
Muchos de los lugares más queridos para mí ya han desaparecido, se han quedado en el camino. Como “el huevo”, su valor histórico y sentimental no ha podido vencer al crecimiento. Todavía recuerdo al señor Agustín sentado en él, y nosotros subiendo y bajando a su alrededor. Nos conocíamos todas sus muescas, dónde poner la mano, el pie… estaba perfectamente “mimetizado” con el entorno.
Y las tollas de encima de La Hilaria. Nos quedábamos atónitos de ver cómo los niños que venían de Madrid se bajaban del coche en la Fuente del Castillo, salían corriendo detrás de las gallinas y se metían hasta la ingle en la tolla. Los padres, con cara entre terror y alucine, se metían en ellas tratando de salvar a sus hijos, de como mínimo, “arenas movedizas”. ¡No sabían lo que eran las tollas! En la actualidad, la mayoría de la gente que vive en Madrid todavía no lo sabe. Nosotros las teníamos numeradas y con nombre los pasos de las de La Hilaria. El quinto era el más fácil y bonito, su lecho era de arena limpia y pasaba el agua cristalina, olía a poleo.
Hablando de olor, el de Valsaín para mí es una droga, la única que existe capaz de dar vida y energía. Es una mezcla de toda su riqueza vegetal presidida, por supuesto, por el pino, y dependiendo de la época más húmeda o seca, resalta el olor del hongo, de la jara recalentada, del roble, e incluso del ganado.
Muchos pensaréis que esto del olor o las tollas es una tontería, pero os aseguro que son unas de las tantas cosas de la Naturaleza que, por la mano del hombre, directa o indirectamente, estamos perdiendo.
Mis hijos no han llegado a conocer casi ninguno de mis lugares favoritos. Ni han podido disfrutar del ambiente en el que yo crecí. Para mí es una enorme pérdida.
Pienso que está bien avanzar y progresar respondiendo a las necesidades de las personas, sobre todo facilitando la vida de los niños y las personas mayores; pero me da miedo que las personas que planifiquen el crecimiento de Valsaín no tengan estos recuerdos, este amor hacia él y la idea clara de que su identidad, sus orígenes, están vinculados directamente con su enorme riqueza Natural. Miedo de que lo masifiquen y al final, por salvaguardarla, nos pongan límites a todos, incluso a los que notamos que somos parte de este valle, de este pinar… que lo llevamos en la sangre desde hace décadas, desde que nuestros tatarabuelos se asentaron aquí.
Esther.